
Leí que El Cid, tras la infumable corrida del domingo de resurrección, decía que "tardes así demuestran que no es tan fácil abrir la Puerta del Príncipe", y la pura lógica nos dicta que tardes de esas hay muchas más que de las otras, y que alcanzar el triunfo grande en esta plaza supone e implica mucho más que lo necesario para alcanzarlo en otras, y ahí está la prueba y la estadística de quienes lo han logrado aquí en comparación con otros lugares. Por eso es un sueño muy grande, y por tanto más difícil de alcanzar.
Pero es un sueño que hemos tocado ya varias veces con la punta de los dedos, por eso sabemos que está ahí, y lo que es más importante, que sigue ahí. Sin ir más lejos, y empezando por lo más reciente, debemos acudir a las sensaciones que nos deparó la tarde del año pasado, en la que sin romper rotundamente por falta de toros, el sabor que nos dejó y el aroma que desprendió el torero en su actuación nos insufló a todos, y a él el primero, una dosis de satisfacción y optimismo para seguir aferrándonos a nuestro sueño tras dos o tres temporadas en las que la suerte no había estado de lado en la Maestranza.

Y aquella faena de 2001, a un toro de Victoriano del Río, sublime y sentida, que dejó para la historia un monumento al toreo al natural en esa plaza, y que fue tan córtamente premiada con una oreja.
Pero si hay una fecha imborrable de cercanía a ese sueño tan buscado, es la del 2 de mayo de 2000, en la que Juan se veía anunciado cogiendo una sustitución tras haber cuajado tres días antes a un toro de Capea. Esa tarde abrileña de mayo, con la de Juan Pedro, tras parar el reloj toreando a la verónica como tantos y tantos tan sólo pueden soñar y no les sale ni de salón, y de cuajar una faena de muleta a rastras y de infinito trazo y longitud, haciendo sonar las palmas por bulerías en la vuelta al ruedo posterior con las dos orejas de ese primero de su lote, la suerte se fue a la feria antes de tiempo, justo cuando El Fino apuntaba con la espada al morrillo del sexto de la tarde, al que había exprimido con gusto y temple para abrazar de una vez por todas el sueño de ver caer la tarde sobre Triana a hombros de la multitud. Justo antes de eso, el pinchazo en hueso nos hizo despertar.

Ya sólo queda esperar, y seguro que Sevilla, como nosotros, lo está esperando.