
Era un festival, una jornada amable, benéfica, marcada por una tragedia que tiene en vilo desde hace meses a una familia entera, y por un esperanza que se afana en brillar al final del túnel.
Salió el toro, el novillo en este caso, que no entiende de días ni de momentos, y que termina siempre por poner a cada cual en su lugar. Con él se vino, como siempre, lo que la providencia había previsto para quien lo esperaba. Y El Fino, cuyo toreo tampoco se sostiene en tiempo ni espacio, se agarró al buen bajío para empezar a esculpir su obra maestra antes miles de ojos voraces, traspasando instantes después los sentidos para llegar al corazón y alojarse en el alma, allí donde tampoco se sabe de horas y lugares, sólo de latidos, de emoción y sentimiento, de pureza y verdad.
Y los latidos rugieron, y la emoción llenó, y el sentimiento golpeó hasta romperse, como se rompía el torero llevando al de Fuente Ymbro por la gloria colosal de un muletazo hondo, inmenso. Por un puñado de redondos y naturales que parían unas muñecas de arrope, saliendo de ellas como sangre, bombeados e intensamente derramados sobre un albero sediento de arte, sobre el que se vaciaban como se vaciaba la esencia más pura y más eterna de un torero grandioso que escribía el toreo de siempre, trayendo el aroma de siempre, la elegancia de siempre, desatando la pasión, haciendo sentir dichosos a los presentes, sustentando esa dicha en la arrolladora inmersión de su obra en el sentir más profundo de quienes, ávidos de ella, la contemplaban.
Finito soñó e hizo soñar. Latió e hizo latir. Rompió el tiempo y el espacio con un toreo embriagador, hechicero… mágico. Porque llegó a Los Palacios, como siempre, como lo hace su gente. Dispuesto a esperar, fiel a una forma de ser y de sentir, para encontrar, una vez más, el bendito eslabón del encanto, de la sublime perfección.
Lo hizo vestido de domingo, rebosante de inspiración, y se fue cubierto de la gloria eterna de seguir siendo diferente, único, genial. De seguir llenando el alma del que lo sigue y lo persigue, del que lo siente. De aquel que mirándolo a él sabe que mira al arte de frente.
Fotos: Arjona.